En unos días saldrá a la luz "Tiempos de soledad". La edición de este volumen de cuentos es parte del premio obtenido por su autor, Marcelo Galliano, en la 34 Feria del Libro de Buenos Aires.
Galliano (Buenos Aires, 1971) quien en los últimos tres años ha ganado una decena de certámenes tanto en América como en España, constituye una contracorriente dentro de la narrativa latinoamericana, diferenciándose, notoriamente, de la llamada generación de "los 39". Como lo ha señalado un jurado: "Desde Borges no se apreciaba semejante perfección en la prosa, desde Mujica Lainez no se admiraba tal riqueza lexicográfica, y tal vez desde Cortázar no se notaba tal dominio del género."
A continuación ofrecemos a modo de anticipo el cuento inicial del libro.
Ella y mis destinos (del libro Tiempos de soledad" de Marcelo Galliano)
Lo que recuerdo, lo que realmente recuerdo es que fue Dalman quien me mandó, que me vio algo menos que muerto y no dudó en aconsejarme que consultara al tal Sleiter. También guardo en mi cabeza la alta puerta de madera que un solitario rayo de luna blanqueaba laboriosamente, las dos plantas escuálidas que asomaban su verde escrupuloso en un balcón abandonado y triste, y la cara del viejo, claro, esa expresión de lástima, no de piedad, de lástima, con que se mira a un hombre que no puede olvidar a una mujer.
-Me manda Dalman –le dije, justificando mi presencia.
El hombre abrió la puerta dejando escapar el olor a noche, a libros húmedos, a sopa infinitamente recalentada.
-Es un buen chico ese Dalman –dijo, haciéndome entrar, señalándome una silla enclenque, sucia-, le gusta verme trabajar, y yo le he prestado algunos libros.
Paseé mi vista por el lugar. En una pared se mantenían, hidalgamente, un antiguo diploma en gótica inglesa, un planisferio raramente desnudo de letras y una grosera réplica de un van Gogh.
-Si a usted le gusta la ciencia le puedo prestar algunas cosas –siguió-, tendría que decirme qué le interesa y…
-No vine a buscar libros –interrumpí-.
-¿Ah no? Dígame entonces qué lo trae por aquí- replicó con una decisión que me pareció incómodamente intuitiva.
-Bueno -comencé, con dudas- no he estado muy bien últimamente…
-No ejerzo la medicina.
-No…, no me refiero a un problema físico.
-No soy psiquiatra -volvió a retrucar el viejo, quizá un poco ansioso por despedirme y retomar su cena.
-Necesito cambiar mi pasado –dije, levantado la voz, sintiéndome ridículo al escuchar mis propias palabras resonar en el lugar-.
El tal Sleiter me miró con un aire de incomprensión y dijo:
-Mire joven…
-No –interrumpí-, necesito que me escuche. Usted es mi única oportunidad. Debo olvidar a una mujer.
-Creo que usted necesita otro tipo de ayuda profesional…
-No estoy loco.
-Entonces por qué viene a verme por un problema sentimental.
-Necesito olvidar a una mujer, ya le dije, necesito vivir como si no la hubiera conocido nunca.
-No hago lavados de cerebro -replicó el viejo con cierto sarcasmo.
-¡Pero puede viajar en el tiempo!
El hombre llevó una de sus manos a sus anteojos, reacomodándolos para mirarme fijamente, en un gesto que conllevaba más desafío que atención.
-Dalman me lo dijo –completé yo ante su silencio-
-Dalman no sabe lo que dice -respondió insinuando una sonrisa más nerviosa que irónica y girando, dándome la espalda-.
-Usted lo definió como un buen chico…
-Un buen chico que a veces imagina cosas –completó él, sin convicción, casi con la voz quebrada-.
-Un mentiroso entonces…
-No he dicho eso.
-¿Qué dijo entonces?
El hombre volvió a observarme para luego responder sin gesticular:
-Digo que es tarde, y que será mejor que usted se vaya por donde vino.
Afirmé con la cabeza a modo de saludo y encaminé para la puerta; al abrirla sentí el perfume de una llovizna que comenzaba a caer. Miré al viejo y le dije:
-Si lo ve a Dalman… dígale que lo intenté.
-¡Espere! –me ordenó, quizá temeroso de cargar con mi suicidio-, tengo sopa calentándose, sirvámonos un plato antes de tomar una decisión.
Una vieja, que creí muda, hundió el cucharón en la olla plomiza que dejaba escapar unas cintas de humo ceniciento. El viejo hizo navegar unas nubes de pan en su plato. Comimos en silencio, hasta que él quebró la quietud con su frase.
-Una mujer me dijo ¿no?
Yo detuve la cuchara y respondí:
-No hace mucho, cinco años solamente que la conocí. La amo, pero debo olvidarla, ella no puede…
-No me interesa –interrumpió-. Los detalles personales no son mi preocupación. Tampoco lo es la cantidad de tiempo: para el caso es lo mismo. Se correrría el mismo peligro si fuera un año o diez, o media hora.
-Yo he leído sobre investigaciones recientes…, sobre un Colisionador de Hadrones que…
-Lo que usted haya leído o lo que haya visto por televisión los sábados a la tarde importa muy poco –agregó con seriedad-. Como tampoco importa el proceso sino las consecuencias.
-Es sólo evitar conocer a una persona, yo le puedo decir el día y la hora en que sucedió y…
El viejo manoteó una botella de vino formando violentamente unos riachos rojos en el mantel. Yo lo miré fijamente, temiendo estar hablando con un hombre fuera de sus cabales. Ignorando mi temor, él intento explicarme:
-El mantel ahora se ensució. Mi empleada deberá lavarlo esta misma noche, quizá mientras esté enjuagándolo en el patio sufra frío y se enferme, tal vez se cure, o acaso siga enferma por mucho tiempo y no pueda trabajar más conmigo. Tal vez yo entonces deba emplear a otra persona, que quizá la reemplace muy bien, o no. Quién le dice que esa persona sea una ladrona que me asesine para robarme lo poco que tengo, y trunque mi vida. Quizá mi vida no tiene mucho sentido porque nada me queda por descubrir, o quizá sí, y entonces eso que me queda por descubrir, quizá una vacuna que salve vidas, quedará sin hacerse, y muchas personas mueran. Y solamente fue una botella de vino que derramé, ¿me entiende? Un acto insignificante puede modificar la historia del universo.
-Pero esas son conjeturas…
-Por supuesto. Pero nadie, ni el propio Dalman se animó a ofrecerse para un experimento de estas características.
-Lo felicito –le dije firmemente- acaba de encontrar un voluntario.
Poco recuerdo del cuarto, incluso pocas nociones me quedan de aquella plataforma tan diferente a las por mí vistas en películas.
-¿Ésta es su máquina del tiempo? -fue tal el infantilismo con que se lo pregunté que intenté disculparme-. Poco le importó; en un cuaderno de hojas apaisadas tomó anotaciones, acaso cálculos improbables que lo ayudaran a justificar esa locura a cometer.
-Dígame el momento.
-¿Perdón? -pregunté-
-El momento en que la conoció.
-Verano de 2003.
-¡Necesito fecha, horario y lugar exactos!
-Siete de enero de 2003 a las 17 horas, en Buenos Aires, en la calle México entre Ceballos y Sáenz Peña, vereda impar; yo estaba por hacer un trámite en una clínica y…
-Eso no importa. Dígame cómo fue el instante exacto.
-Ella se acercó y me dijo “¿tiene fuego?”, yo la miré a los ojos y…
-Perfecto -interrumpió-. No habrá manera de confundirnos de persona. Bastará entonces con evitar que usted se cruce con ella.
-Pero con eso lograremos solamente que no me pida fuego. ¿Cómo voy a hacer para olvidarla?
-Todo lo posterior a ese instante será distinto en su vida y en la de ella. Quizá ella no se borre de su memoria, tal vez la recuerde pero ya no signifique nada, digamos que la recordará como un sueño. Ella en cambio jamás lo habrá conocido. Su vida y la de ella tomarán rumbos distintos. Bueno, si ya está listo podemos partir.
-¿Podemos?
-Yo iré con usted, no puedo dejarlo solo.
-Pero no… usted no puede olvidar lo que sabe, su descubrimiento…
-No se preocupe. Las bases de esta investigación tienen más de una década, no se alterarán por modificar un hecho sucedido hace cinco años.
El viejo me colocó unos extraños auriculares, y me pidió que cerrara los ojos. Yo lo sentí a mi lado, tomé una de sus manos y murmuré:
-Gracias.
Toda descripción del viaje sería mentira; poco y nada recuerdo: un dolor en las sienes, unas nubes multicolores que parecían colarse bajo mis párpados, tal vez un leve zumbido.
Era una tarde hermosa, como aquella. Unos árboles entregaban sus incesantes sombras al frente de la clínica.
-Ahí viene, es ella. Lleva el cigarrillo sin encender en su mano y…
-Tranquilo, quédese a mi lado, aquí enfrente no nos verá.
-Pero quizá si le digo algo…
-Esto es lo que quería ¿no?
-Pero se va y …
-La vida de ella ahora seguirá otro curso, y la suya también. Ella nunca sabrá de su existencia y usted le perderá el rastro, que será como olvidarla.
Ella siguió caminado con el cigarrillo apagado. Recuerdo ver como se alejaba, y recuerdo también las ganas que tuve de llorar.
-Ya está.
El viejo me retiró los auriculares, me hizo sentar y me alcanzó un vaso de agua. Yo volví a observar el lugar en silencio y arriesgué la posibilidad de haber vivido un sueño pero no tuve agallas para decírselo.
Me acompañó a la puerta, me aconsejó que descansara y que lo viniera a ver ante cualquier duda. Sé que estaba temeroso y que lo disimulaba, sé también que era un buen hombre.
Caminé cuadras y cuadras; la noche desplegaba su infinita cabellera, el alba era solamente un anhelo. Quise estar solo, pensar en lo hecho, convencerme de que era lo mejor.
El amanecer me tomó exhausto y decidí volver a mi casa. Manoteé mis llaves y pensé que el cansancio no me permitía abrir la puerta. Desde el interior una luz se encendió y varias personas gritaron:
-¡Quién anda ahí!
-¿Quienes son ustedes?
-Los dueños de casa, váyase o llamamos a la policía.
-Pero ésta es mi casa.
-Váyase a molestar a otra parte, borracho.
Creo que pateé la puerta con furia, y los amenacé con denunciarlos por tomar una propiedad ajena. Pero tenía frío y sueño y tristeza por ella, por ella que jamás volvería a ver. Decidí ir a la policía más tarde, y ahora llamar a algún familiar o a Dalman para que me dejara descansar un rato bajo techo. Pero en el lugar donde estaba la casa de mis padres encontré un terreno preparado para la construcción de un rascacielos, y en el teléfono de Dalman me informaron que hacía tres años que vivía en Europa…
Comencé a temblar, intenté, luego, vanamente, convencerme de que el sueño seguía, de que iba a despertarme de un momento a otro y que tendría otra vez mi vida, mi vida de siempre. En una hora comenzaba el horario de oficina. Eso: mejor ir para ahí y trabajar como un perro, y olvidarse de esta pesadilla absurda.
-¡Cuánto hace que no lo veía por aquí! –me dijo Gutierrez el portero de la empresa.
-¿Perdón?
-Debe hacer como cuatro años, ¿no? Después de aquel despido masivo que hubo.
Comencé a correr, las piernas me dolían, pero corrí, corrí, debía encontrarlo al viejo, tomarlo de las solapas, pedirle que me ayudara. Llegué hasta la vieja casona. Me alegré al pensar que seguramente el viejo haría algo, sólo algo para resolver todo esto.
-Me temo que no podrá ayudarlo –me dijo la mujer, que aquella vez creí muda, apenas abrió la puerta.
-¿Cómo que no? –pregunté.
-Me temo que no –insistió-
-¡Sleiter! –grité, llorando- ¡Salí, viejo del diablo! ¡Quiero mi vida, carajo, mi vida!
La mujer me miró con lástima y agregó, en voz apenas perceptible:
-El doctor Sleiter murió anoche.
Creo que enmudecí, creo que seguí llorando en silencio, creo, también, que caminé durante horas, hasta el crepúsculo, como lo que era, un hombre sin casa, sin trabajo, sin afectos, quizá sin pasado.
En un banco de plaza me acosté a mirar el cielo enrojecido del atardecer. Una mueca de luna se asomaba con timidez, la envidié, la amé, ella no había cambiado. Las personas nocturnas comenzaban a ganar el lugar. A lo lejos, unos pordioseros revolvían basura. Del grupo, alguien se desprendió y empezó a caminar hacia mí. A pesar de la vestimenta supe que era una mujer, llevaba en la boca una colilla de cigarrillo acaso encontrada. Ya a mi lado, se quitó el gorro de lana y pude advertir sus ojos… sus inconfundibles ojos. Antes de que yo comenzara a lagrimear con triste alegría, me dijo:
-¿Tiene fuego?
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